Saludo Pontifical de S.E.R. Mons Félix Lázaro Martínez
Misa de ordenación espiscopal (25 de abril de 2002) Ponce

    Demos gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

    Mis primeras palabras, como obispo coadjutor de Ponce son de acción de gracias a Dios Padre, dador de todo bien; a Dios Hijo, en quien todos hemos sido salvados y quien se ha dignado llamarme para predicar el evangelio; y a Dios Espíritu Santo, fuente de gracia y santidad que mueve los corazones de los que le aman.

    Desde este primer momento quiero poner esta etapa de mi vida, bajo la mirada y protección de la Madre de Dios, la Santísima Virgen María.

    Siempre recuerdo la visita en Zaragoza, camino desde Logroño, mi ciudad natal, a Barbastro, para ingresar en el postulantado de la Orden de las Escuelas Pías, tenía 13 años, en la que le pedí a la Virgen del Pilar que me conservase "siempre suyo". Hoy vuelvo a pedírselo, con la confianza de un hijo que en ningún momento se ha sentido defraudado por el amor de esta Madre, y que ahora la necesita y la quiere más que nunca. Comprenderán por qué he querido que figurase en mi escudo episcopal la Virgen del Pilar.

    Doy gracias al Santo Padre, Juan Pablo II, que ha tenido a bien designarme para formar parte de la sucesión apostólica. Cuánta alegría, cuánta admiración y cuán cerca de los apóstoles se siente mi alma, llamada a colaborar en la misión que Cristo les confiara de ir por el mundo a predicar el Evangelio.

    Agradezco al señor Delegado Apostólico, su Excelencia Reverendísima Monseñor Timothy Broglio, representante del Papa en Puerto Rico, la delicadeza con que tuvo a bien comunicarme el sorpresivo nombramiento del Papa como Obispo Coadjutor de Ponce, así como el haber aceptado ser uno de los obispos consacrantes en mi ordenación episcopal.

 

    Mi más sinceras gracias a Su Excelencia Reverendísima Monseñor Ricardo Suriñach, por aceptarme como su colaborador y hermano en el episcopado, y ser el ordenante principal, y por la valiosa ayuda prestada en mis primeros pasos, y al que espero no defraudar.

 

    Mi gratitud a su Excelencia Reverendísima Monseñor Fremiot Torres Oliver quien no ha dudado venir desde España para asistir a mi ordenación de Obispo coadjutor de la Diócesis de Ponce, diócesis que por tantos años él ha regido, testimonio vivo de sucesión y continuidad, y por el fino detalle de regalarme el pectoral que hoy llevo puesto, el mismo que usó el primer obispo de Ponce, Mons. Edwin Byrne.

 

    No tengo sino motivos para dar gracias a mis hermanos los señores Obispos, aquí presentes, quienes desde el momento en que se conoció mi nombramiento, me mostraron su solidaridad y regocijo, y con exquisita caridad me animaron a emprender el camino para el que Dios me ha escogido.

 

    Agradezco su presencia hoy, sobre todo, como signo de unidad y de Iglesia. A todos y cada uno en particular, a su Eminencia Reverendísima Monseñor Luis Cardenal Aponte Martínez. A sus Excelencias Reverendísimas Monseñor Roberto González, Arzobispo de San Juan; a Monseñor Iñaki Mallona, Obispo de Arecibo, y obispo consacrante; a Monseñor Ulises Casiano, Obispo de Mayagüez; a Monseñor Rubén González Obispo de Caguas; a Monseñor Hermin Negrón, Obispo auxiliar de San Juan, muchas gracias por vuestra comprensión y acogida.

 

    A Mons. José O. Barahona, Obispo venido desde el país hermano de El Salvador, igualmente gracias, y un abrazo fraterno.

 

    Es tanto lo que tengo que agradecer al Señor, que no ceso de repetir una y muchas veces: demos gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

 

Gracias a mis hermanos Escolapios, representados en la persona del Padre General de la Orden de las Escuelas Pías, P. José M. Balcelles; del P. Provincial de Aragón, P. Primitivo Amáez; y del P. Viceprovincial de Nueva York y Puerto Rico, P. José Mateo; y de todos los Padres Escolapios aquí presentes, procedentes de Méjico, Las Califomias, Centro América, Miami, Washington, Ecuador, República Dominicana y de la" Isla del encanto”.

 

    Quiero hacer mención especial de los Padres José Luis y Moisés, con los que he reído y llorado juntos por el espacio de 32 años. Gracias a mis padres, Alfonso e Isabel, que me dieron la vida y educaron en la fe. A mi padre, fiel adorador nocturno, que desde el cielo seguramente me contempla, y a mi madre, a la que su delicada salud no le ha permitido estar presente físicamente, pero estoy seguro lo está espiritual y afectivamente.

    A mis hermanos, Isabelita, Antonio y su esposa Poloni, Juan José, y a mi sobrina Verónica, presentes entre nosotros, a quienes agradezco muchísimo su presencia y apoyo en un momento tan significativo.

    Gracias fraternales por las palabras unánimes de ánimo y felicitación recibidas de los sacerdotes, y que espero poder reciprocar, pues quiero que ocupéis un lugar prioritario en mis desvelos.

    A mis compañeros de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico con los que tantos años he compartido; a su Presidente, el Lic. José A. Morales, amigo entrañable; a los Vicepresidentes, Decanos, mis queridos colegas; a mis buenos directores de Departamento del Colegio de Artes y Humanidades; a mi queridisima secretaria, Migdalia; y a todos en general, profesores, administradores, empleados de mantenimiento, guardia universitaria, estudiantes, y en especial en estos últimos años, los estudiantes de la Escuela de Derecho; muchísimas, muchísimas gracias. La universidad ha sido, lo tengo que decir, una gran parte de mi vida.

    Gracias, muchas gracias a todos y cada uno de los fieles que hoy os habéis congregado en este hermoso templo, y a todos los fieles que formáis parte de la Diócesis de Ponce, y muy en particular a toda mi gente de Jayuya y barrios aledaños a los que he dedicado los fines de semana por casi 23 años, junto con P. José Luis. Cuántos recuerdos, cuántas alegrías compartidas, cuántas pascuas vividas juntos. Jayuya seguirá estando en mi corazón, como Jayuya lo está en el corazón de Puerto Rico.

 

    Gracias a las autoridades civiles, al Señor Alcalde de Jayuya, mi querido amigo Giorgi y su esposa Hilda.

    Queridos todos: Acepto con humildad, pero también con valentía y alegría en el Señor Jesús de quien proviene toda fuerza y de quien me he fiado, este nombramiento del Vicario de Cristo.

    No lo he buscado, no lo he deseado, no lo rehúso. Hágase en mí la voluntad del Señor. Ante la Iglesia aquí congregada en sus ministros y ante el pueblo de Dios, acepto el bastón de la fe que me ha sido entregado, con la responsabilidad de mantenerlo en alto, con la ayuda de toda la Iglesia y la vuestra en particular.

    Hago mías las palabras que San Isidoro, Obispo, cuya fiesta es mañana, escribe sobre las obligaciones y deberes de los obispos:

    "Debe dar tales pruebas de hospitalidad que a todo el mundo abra sus puertas con caridad y benignidad". Desde ahora quiero abrir las puertas de mi corazón a todos, sin excepción.

    "Sobresalga tanto en la humildad como en la autoridad, para que, ni por apocamiento queden por corregir los desmanes, ni por exceso de autoridad atemorice a los súbditos".     Pido al Señor me dé la sabiduría y prudencia para que en todo momento sepa cumplir la misión que me ha sido encomendada.

 

    "Esfuércese en abundar en la caridad, sin la cual toda virtud es nada. Ocúpese con particular diligencia del cuidado de los pobres, alimente a los hambrientos, vista al desnudo, acoja al peregrino, redima al cautivo, sea amparo de viudas y huérfanos".  Aquí os digo, tengo todavía mucho que aprender. Pero en esas estoy.

 

    Trataré de cumplir con la triple responsabilidad que me ha sido confiada de santificar, regir y enseñar, con espíritu de servicio a Dios y a la Iglesia; a Dios y a los hombres mis hermanos; a todos, sin excepción, porque todos somos hermanos, hijos de un mismo Padre que está en los cielos.

 

    No quiero concluir estas mis primeras palabras, sin enviar un saludo lleno de esperanza, a los jóvenes, en quienes están puestas las ilusiones de un mañana cercano, y la invitación desde este primer día, a seguir las huellas de Jesús de Nazaret.
 

    Y un saludo cordial a las parroquias y escuelas; a los religiosos y religiosas, porción predilecta de la Iglesia, sembradores de semillas de evangelio, y a los que os llevo muy en el corazón. A los Institutos y grupos apostólicos, a los ancianos, a los enfermos, a los encarcelados, a todos los que sufren, a todos sin excepción; un abrazo de hermano, con el compromiso de caminar juntos en la fe, en la esperanza y en el amor.

 

    Termino con las palabras tomadas de la carta del Apóstol Pablo a los fieles de Éfeso, eco del evangelio de San Marcos: "Vivid como hijos de la luz, pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad". Hago mías las palabras que momentos antes de esta ceremonia de ordenación alguien ha hecho llegar a mis manos, reflejo de los sentimientos y la oración que mi espíritu dirige al Señor:

 

“Revisteme, Señor, de tu gracia y de tu misericordia.

Dame:

unos hombros fuertes, para cargar el peso de muchos

unos brazos cariñosos, siempre dispuestos a abrazar

unas manos amorosas, listas para ayudar a otros

unos pies alerta, para ir a donde se les llame

unas rodillas, siempre dobladas en oración

y un amor tan grande, que tenga sus raíces en el Tuyo. ''

Demos gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Amén.

 

Santuario de San Judas Tadeo, Ponce P.R., 25 de abril de 2002.

S.E.R. Mons Félix Lázaro Martínez, Sch. P.

Obispo Coadjutor