Ordenación episcopal de S.E.R. Mons. Félix Lázaro, Sch.P.
Santuario de San Judas Tadeo
Ponce, 25 de abril de 2002

S.E.R. Mons. Ricardo A. Suriñach Carreras
Obispo de Ponce
Homilía

• Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación (Mc 16,15).

Estas palabras del mismo Señor nuestro, que hemos escuchado en el Evangelio proclamado hoy, expresan el encargo fundamental de Cristo a su Iglesia. Es una encomienda permanente, siempre actual, que define la misión de la Iglesia. --En esa indicación de Jesucristo podemos encontrar el sentido profundo del Sacramento, que voy a conferir: ya que, sin el ministerio ordenado, la Iglesia no podría realizar su misión. Así pues, lo nuestro de hoy es continuación de lo que comenzó hace casi dos mil años.

En ese tiempo, el Apóstol Pedro escuchó de labios del Divino Maestro estas palabras desconcertantes: Yo te digo a ti que tú eres Piedra, y sobre esta piedra edificaré yo mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16,18); el propio Jesucristo Resucitado quiso esclarecerlas, mediante una pregunta y un encargo que planteó a Pedro reiteradamente: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?... Apacienta mis ovejas (Jn 21,15-17). En esta ocasión, Pedro recordaría seguramente lo que Jesús en la tarde de la Resurrección le había dicho a él y a los Apóstoles presentes: Reciban el Espíritu Santo; a quienes perdonaren los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuvieren, les serán retenidos (Jn 20,23); y también recordaría aquella otra vez, cuando el Maestro les prometió: en verdad les digo, cuanto ataren en la tierra será atado en el cielo, y cuanto desataren en la tierra será desatado en el cielo (Mt 18,18).

De éstas y otras expresiones de Jesús, transmitidas por los evangelistas, recibe la Iglesia el conocimiento cierto de que Jesucristo, eterno Pastor, edificó la santa Iglesia enviando a sus Apóstoles lo mismo que El fue enviado por el Padre, y quiso que los sucesores de aquellos, los Obispos, fuesen los pastores en su Iglesia hasta la consumación de los siglos (Conc.Vat.II, LG 18).

Posiblemente Pedro y los demás Apóstoles no captaron el hondo sentido de ese hablar de Jesucristo sino hasta después de Pentecostés. Pero, desde aquel momento, Pedro con los otros Once, más el resto del reducido número presentes en el piso alto (Hech 1,13), fueron levadura suficiente (cf Mt 13,33) para el mundo. Y, aunque los judíos rechazaban el Evangelio como algo escandaloso, y los gentiles lo despreciaban como una sinrazón (cf 1 Cor 1,23), los discípulos de Jesús superaron el poder de imperios y reinados; evangelizaron culturas y costumbres; en fin, fueron instrumentos dóciles de Dios Padre, que por medio de ellos realizó su designio salvífico, a saber: la Iglesia de Cristo, que es el Pueblo de los hijos de Dios, la familia en la que ya no hay judío o griego, ni siervo o libre, ni varón o hembra, porque todos son uno en Cristo Jesús (Gál 3,28); el Cuerpo de Cristo en que las diferencias, por legítimas que sean, resultan secundarias como enseña San Pablo: todos nosotros, -escribe el Apóstol- judíos y griegos, esclavos y libres, fuimos bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo (1 Cor 12,13).

Mientras contemplamos el designio de Dios realizándose en la Historia de la Iglesia, dos veces milenaria, reiteremos en el silencio del alma la aclamación del Salmo Responsorial: Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades (Sal 88,2).

• Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban (Mc 16,20).

Con este testimonio de eficacia evangelizadora culmina San Marcos su evangelio. A nosotros incumbe continuar en nuestra época la misma tarea de los comienzos. Ciertamente, esta misión que hemos heredado, conlleva la histórica responsabilidad específica de ser nosotros la luz (cf Mt 5,14- I 6), que ilumine los caminos nuevos que necesariamente surgirán dé la encrucijada actual, en la que se debate la Humanidad que comienza el tercer milenio cristiano. Pero no sería acertado creer que estamos solos para hacer la tarea; porque el Espíritu de la verdad, no cesa de guiarnos hasta la verdad completa (cf Jn 16,13). Jesucristo prometió: Yo estaré con Ustedes todos los días hasta el final de los tiempos (Mt 28,20); y, además, nos ha enviado el Espíritu Santo, para que esté siempre con nosotros y en nosotros (cf Jn 14,16).

Precisamente con la asistencia del Espíritu Santo, la Iglesia durante los pasados dos mil años ha acumulado un tesoro riquísimo de reflexión doctrinal y de experiencia pastoral. Tesoro que el Concilio Vaticano II ha reelaborado, y lo ha transformado en un Mensaje capaz de orientar las aspiraciones del hombre de nuestro tiempo; de él ha escrito el Papa que es preciso volver sin cesar a esta fuente (Constitución Apostólica Fidei Depositum; 11 octubre 1992). Tesoro que, treinta años después del Concilio, ha sido quintaesenciado en el Catecismo de la Iglesia Católica, como nueva exposición autorizada de la única y perenne fe apostólica; como lo calificó Juan Pablo II el 15 agosto 1997, al promulgar la Edición típica (Carta Apostólica Laetamur Magnopere).

La ordenación de un Obispo supone verificar, en tiempo y lugar precisos, la perennidad de la Iglesia; cada nuevo Obispo añade un eslabón más a la cadena de la sucesión apostólica, nunca interrumpida; en otras palabras, toda legítima ordenación episcopal prolonga en la Historia el misterio de la Iglesia, en su realidad de sociedad visible y en su invisible eficacia santificadora. Administrar un Sacramento, es siempre una acción de fe y de comunión; sin embargo, cuando se trata del Orden Episcopal, esas vivencias adquieren grado eminente.

En este sentido, ¡cómo impresionan las expresiones de la Bula Papal, que acabamos de escuchar! Por ejemplo, cuando dice: por Nuestra autoridad suprema te nombramos Obispo Coadjutor de la-Diócesis de Ponce. Esta frase, tan solemne en su formulación, contiene toda la humildad de la obediencia creyente; esas palabras brotan de la Fe del Obispo de Roma en que Jesucristo, eterno Pastor, edificó la santa Iglesia (LG 18); y desde esa fe, surge la humilde obediencia a la Voluntad constitutiva de Jesucristo.

Y nosotros, ¿cómo vamos a reaccionar? Sería insensato, -además de ser incoherente con la Fe que profesamos-, cuestionar la omímoda libertad que Jesucristo ha querido otorgar al Papa, su Vicario en la Tierra, a la hora de elegir a un bautizado y designarlo miembro del Colegio Episcopal. Pues sabemos bien que, -como enseña el último Concilio-, el Colegio Episcopal no tendría ninguna autoridad a no ser que se considere en comunión con el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como cabeza del mismo, quedando totalmente a salvo el poder primacial de éste sobre todos, tanto pastores como fieles (LG 22). Por mi parte, estoy convencido de que el acontecimiento, que ahora estamos viviendo, constituye en todos sus aspectos una demostración de la eficacia santificadora de la Iglesia; es un regalo de Dios, que cumple a la letra el consolador mensaje de Pablo: Dios es fiel -escribe el Apóstol a los de Corinto- y jamás va a permitir que Ustedes sean tentados más allá de sus fuerzas (1 Cor 10,13).

Nunca perdamos de vista la realidad de que ser miembro de la Iglesia,--Cuerpo de Cristo, exige no sólo creer en Cristo; sino también obedecer a los que presiden en nombre de Cristo, y amar la comunión con Cristo y con todos los bautizados; porque son facetas inseparables de la vida cristiana. En definitiva, Jesucristo advierte que nadie puede venir a mí si el Padre, que me ha enviado, no le trae (Jn 6,44); y El mismo, dirigiéndose a sus discípulos, establece: el que a Ustedes escucha, a mí me escucha; y el que a Ustedes desprecia, a mí me desprecia; pero quien me desprecia a mí, desprecia al que me envió (Lc 10,16).

• Les aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. [...] Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará (cf Jn 10,1-16).

Estas palabras contundentes de Jesucristo, tomadas del Evangelio según San Juan, se leyeron el Domingo pasado, Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Con la alegoría del Buen Pastor, Jesucristo menciona una situación constante de la Historia de la Salvación: en ésta ha habido hay y habrá‑ buenos y malos pastores, lo mismo que ovejas buenas y malas. Advirtamos, sin embargo, que Jesús descubre la raíz de dicha situación: es buen pastor el que entra en el aprisco por la puerta, que es Cristo. Todos sabemos que el único Buen Pastor es Jesucristo; los demás, mediante el Sacramento del Orden participamos, en el grado propio de nuestro ministerio, del oficio de Cristo, Pastor y Cabeza, para reunir la familia de Dios como una fraternidad, animada con espíritu de unidad, y la conducen a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu (cf LG 28). Sólo el pastor que procura vivir bien unido a Cristo sabrá guiar rectamente a sus ovejas y proporcionarles buenos pastos, sin defraudarlas por senderos entrampados, que no conducen a la salvación de Cristo.

Pero, si pensamos rectamente lo dicho por Jesús a los Apóstoles, y que hemos recordado hace poco, a saber: el que a Ustedes escucha, a mí me escucha; y el que a Ustedes desprecia, a mí me desprecia; pero quien me desprecia a mí, desprecia al que me envió (Lc 10,16), necesariamente brota en nuestra conciencia un propósito muy particular: el propósito de estar bien unidos al Papa, estar bien unidos a los Obispos en comunión con el Papa, estar bien unidos a los sacerdotes que colaboran fielmente con el Obispo.

Razón lleva San Cipriano, cuando afirma que no puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por madre (cf Sobre la unidad de la Iglesia, 6). Y con idéntico sentir el Papa Juan Pablo II, en la Bula escrita al querido hijo Félix Lázaro, se dirige al clero y pueblo de nuestra Diócesis para hacerles esta encomienda: como a quienes tanto queremos, les exhortamos a que te reciban con respeto. ¡No le faltará nuestro respeto! Con la confianza puesta en Dios, estoy seguro de que todos los diocesanos tendrán para Usted, querido hermano Félix, oración perseverante, lealtad firme, docilidad ungida de fe y de cariño.
Hermanos, no debo alargarme más, aunque la emoción me impulsa a no cesar de compartir mis emociones. ¡Sí!, es verdad que estoy muy conmovido; y no son pocos los motivos que tengo para estarlo. Me conmueve sobremanera la Liturgia que celebramos: no sólo por ser ésta la primera ocasión y tal vez la única, en que voy a ordenar un Obispo; y ni siquiera por cuanto ello significa para mi vida, ahora. Pienso, sobre todo, en el misterio divino de nuestra Iglesia Católica, traspasada al =mismo tiempo de grandeza y de sencillez. Francamente, eso es lo que he pretendido compartir con todos en la Homilía, que ha sido más propiamente un decir en voz alta algunas reflexiones personales.

Permítanme expresar también mi agradecimiento, siquiera a quienes -aquí y ahora- son de alguna manera actores principales de este acontecimiento de salvación que celebramos.
Doy gracias a Dios: porque en su Providencia, paternal y omnipotente, ha dispuesto que me haya sido concedida precisamente la ayuda que necesito en mis circunstancias actuales; a las que, por cierto, también la Bula Pontificia alude, cuando narra que: el Obispo de Ponce solicitó recientemente de esta Sede Apostólica un Obispo Coadjutor por causa de su quebrantada salud y del incremento de las labores en su circunscripción eclesiástica.

Doy gracias al Papa Juan Pablo II: porque de verdad ha sido Pastor y Padre para mí, al acoger con benignidad mis súplicas de Pastor.

Asimismo, doy gracias al muy querido Delegado Apostólico, S.E.R. Arzobispo Timothy P. Broglio: porque, desempeñando una gestión llena de eficacia y de caridad fraterna, ha dado cauce a mis deseos.
Doy gracias a todos los Sacerdotes, Diáconos, Religiosos, Religiosas y fieles que hoy nos acompañan tanto físicamente como con sus oraciones. A todos les dirijo las consoladoras palabras pronunciadas por SS Juan Pablo II el pasado martes en Roma: El Papa nos exhorta a "no olvidar el inmenso bien espiritual, humano y social que la gran mayoría de los sacerdotes y religiosos (...) han hecho y siguen haciendo. La Iglesia Católica (...) siempre ha promovido los valores cristianos con gran vigor y generosidad, de manera que ha ayudado a consolidar todo lo que hay de noble en el pueblo estadounidense.

Una gran obra de arte ha sido manchada,-continua el Santo Padre- pero conserva su belleza: es una verdad que toda critica intelectualmente honesta reconocerá. A las comunidades católicas en Estados Unidos, a sus pastores y miembros, a religiosos, a religiosas, a los profesores de las universidades y escuelas católicas, a los misioneros estadounidenses en todas partes del mundo, se dirige el profundo agradecimiento de toda la iglesia católica y la gratitud personal del obispo de Roma."

Doy gracias a la familia Lázaro Martínez, representada entre nosotros por varios hermanos, una cunada, y una sobrina. Mis oraciones suben a lo alto recordando a su padre fallecido y a su querida madre que desde Logroño hoy ha seguido en sus oraciones la ordenación de su querido hijo Félix.

No me resulta fácil expresar en pocas palabras la gratitud que profeso a S.E.R. Monseñor Félix Lázaro, Sch.P.: porque ha aceptado -y sólo él sabe con cuánto sacrificio y amor a la Iglesia- el encargo de Obispo Coadjutor de esta Diócesis y de ayuda para mí. Pero es el propio Juan Pablo II quien, en la mencionada Bula de nombramiento, describe a Mons. Félix Lázaro, con estas gratas referencias: hemos considerado que tú, querido Hijo, presbítero de destacada virtud y de excelentes expectativas, estás capacitado para desempeñar este oficio; así lo afirma el Santo Padre
Particularmente, quiero dejar buena constancia de mi agradecimiento entrañable a la Orden de Clérigos Regulares Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías, (Escolapios) representada aquí por el Prepósito General, Padre Josep María Balcells Xuriach: me consta que ellos, los Padres Escolapios, han aceptado el verse en cierta manera privados de uno de sus miembros; y, a pesar de una tal pérdida, están gozosos, porque su único afán es servir a la Iglesia.

En fin, queridos hermanos Obispos, Presbíteros y Diáconos, junto con todos los fieles del Pueblo de Dios presentes aquí: para todos Ustedes expreso mi gratitud sincera, y mi oración para que a todos nos bendiga, nos proteja y guíe el que es "camino, verdad y vida".